Dado el importante rol que juega Egipto en el mantenimiento del statu quo y la contención de los sectores más radicalizados del Islam, la situación egipcia es crucial para la seguridad y la estabilidad regionales. También Estados Unidos ve como sus intereses en la región corren peligro. Ahora, se abre un escenario de transición e incertidumbre con respecto al futuro político egipcio y de la región.

LOS HECHOS: MANIFESTACIONES Y EL FIN DE LA ERA MUBARAK

Primero fue Túnez, donde el presidente Abidine Ben Alí tuvo que huir de la presidencia en enero debido a las intensas y masivas manifestaciones en su contra. Millones de manifestantes (jóvenes en su mayoría) salieron a las calles reclamando por el altísimo desempleo y las estrepitosas subidas de precios que estaban teniendo lugar. El 14 de enero, Ben Alí se fue para Arabia Saudita, dejando en su lugar un gobierno de transición, y poniendo así fin a 24 años de gobierno (había asumido en el año 1987). Un levantamiento popular lograba terminar con este gobierno autocrático, apoyado por Occidente, y claramente carente de popularidad entre la población, en especial entre la juventud, masivamente movilizada gracias al amplio (y decisivamente influyente) uso de las redes sociales.

Estas manifestaciones no tardaron en expandirse a gran parte del mundo árabe, tanto en Medio Oriente como en el norte de África. Argelia, Yemen, Jordania y Egipto fueron escenarios de masivas movilizaciones, inspiradas en el ejemplo tunecino, y contra sus respectivos regímenes autocráticos y sus presidentes perpetuados en el poder (algunos más que otros), donde las condiciones económicas son gravísimas, y la juventud (mayoría de la población, alrededor del 70% tiene 30 años o menos) carecía de oportunidades o libertades para decidir sobre el futuro de su país.

Pero el efecto derrame tuvo un impacto y un efecto mortal para un régimen en especial, uno que tenia una antigüedad de 30 años, apoyado por Occidente, y en especial por Estados Unidos, un régimen que había contribuido enormemente a la paz y la estabilidad de la región, y especialmente caro a los intereses de Estados Unidos: el de Hosni Mubarak en Egipto, el ex Jefe de la Fuerza Aérea de Egipto, que asumió la conducción del país luego de la muerte del por aquel entonces presidente, Anwar El-Sadat, en octubre de 1981.

Estas manifestaciones comenzaron a fines de enero, casi en simultáneo con la ida de Ben Alí de la presidencia de Túnez. Una vez más, en este caso las redes sociales jugaron un papel primordial a la hora de dar a conocer las convocatorias, tanto que el gobierno egipcio se encargó de cortar el servicio de Internet en el país, así como el de telefonía celular, para suprimir su efecto y evitar las manifestaciones y concentraciones masivas de la población en las principales ciudades del país (Cairo, Alejandría, Suez). La demanda era clara, y no había dudas al respecto: que Mubarak se vaya. Los manifestantes pedían por un gobierno representativo, un nuevo parlamento, elecciones libres, el fin de la ley de emergencia (ley eterna, vigente desde 1967, y que legalizaba la censura y prohibia manifestaciones, entre otras cosas), y el respeto de sus derechos individuales. Mubarak quería imponer a su hijo Gamal en las elecciones a celebrarse en septiembre próximo, algo que era inaceptable para el pueblo egipcio. Sumado esto a las pésimas condiciones económicas existentes, el cóctel era explosivo.

Debemos destacar aquí algunas características de este movimiento popular, que lo han marcado y sin dudas contribuido al desenlace final. En primer lugar, su composición: jóvenes, de entre 18 y 30 años, que representan a la mayor parte de la población del mundo árabe (cerca del 70%), con estudios secundarios completos y universitarios en su mayor parte, pero sin trabajo, y sin un panorama favorable. Se lograron movilizar por su gran uso de las redes sociales, desde donde organizaban las manifestaciones y compartían consignas. Importante fue también la presencia de las mujeres, sacudiéndose quizás de encima el yugo del modelo social neo-patriarcal, y buscando tener un rol activo en la sociedad. Y también estaban los trabajadores, de diversas ramas y características, incluyendo los operarios del Canal de Suez. Estos trabajadores se encuentran cada vez más organizados y aglutinados en sindicatos (en los últimos años, Egipto ha pasado a tener 3 agrupaciones sindicales). Otras características destacables de este movimiento son la espontaneidad del mismo, y la falta de liderazgo. Solo luego de que las manifestaciones habían comenzado, los partidos políticos se unieron a ellas, pero siempre bajo la misma consigna: Mubarak se tenía que ir. Y su hijo Gamal de ninguna manera podía sucederlo luego de las elecciones que tendrían lugar.

Las manifestaciones dieron lugar a crudos enfrentamientos con la policía egipcia, dejando como saldo cientos de muertos y millares de heridos a lo largo de las jornadas de manifestación.

La violencia desatada tocó un nuevo pico cuando los manifestantes pro- Mubarak llegaron al centro de El Cairo para enfrentarse con los manifestantes congregados allí, mientras que el Ejército, movilizado por Mubarak para garantizar el orden, se ocupaba de no reprimir a los manifestantes y solo interponerse. Con el paso de los días Mubarak debió comenzar a ceder, o al menos aparentar que escuchaba el reclamo de su pueblo y que tomaría cartas al respecto de los reclamos. Así fue como cambió su gabinete, anunció reformas constitucionales, y nombro por primera vez un vicepresidente, Omar Suleiman, jefe de los servicios de inteligencia egipcios. Además, anunció que en septiembre pondría fin a su mandato de 30 años, no presentándose a las elecciones previstas para aquel mes. En medio de esto, se dio la renuncia de la cúpula del Partido Nacional Democrático, entre los que se encontraba el hijo de Hosni Mubarak, Gamal.

Por supuesto que esto no alcanzó para apaciguar los reclamos de las multitudes congregadas en las principales ciudades del país, siendo el hecho simbólico el campamento montado en la plaza Tahrir, en El Cairo, a modo de “guardia” de las manifestaciones, y la “marcha del millón de personas” del día 1° de febrero. La presión internacional contra Mubarak fue en aumento con el correr de los días, y algunos representantes de la comunidad internacional, como Estados Unidos y la Unión Europea, se debatían entre retirarle el apoyo a su aliado y ponerse del lado de los manifestantes, o sostener a Mubarak a cualquier costo en beneficio del statu quo y la estabilidad de la región.

Finalmente, luego de perder el apoyo de las Fuerzas Armadas, Mubarak decidió abandonar la presidencia de Egipto el día 11 de febrero, retirándose en helicóptero del palacio presidencial en El Cairo. Dejó el poder en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, encargado de ahí en más de liderar la transición y determinar los pasos a darse hacia unas elecciones libres. Se acababan así 30 años del gobierno de Mubarak, y se abría un período de transición en incertidumbre para los próximos meses.

Pero la caída de Mubarak ha dejado varias cuestiones por analizar, debido a la importancia del país en el escenario de Medio Oriente, y a sus alianzas tejidas con Occidente, en especial Estados Unidos. A continuación, haremos mención a algunas cuestiones importantes a tener en cuenta a la hora de entender la importancia de la situación egipcia, e intentar ver qué efectos se pueden generar a nivel de seguridad regional, y a nivel global dado su alianza con Estados Unidos y el rol que jugaba para la concreción de los intereses de la potencia mundial en Medio Oriente, y también con la Unión Europea. Tampoco podemos dejar de lado las percepciones sobre la crisis existente en Israel, sobre todo por el mantenimiento del statu quo resultante del Tratado de 1979.

EL IMPACTO DE LA CRISIS EN LA SEGURIDAD REGIONAL

El profesor de historia estadounidense Paul Kennedy, en un artículo titulado “La estrategia internacional de los Estados Unidos: los estados pivot” coloca a Egipto dentro de la categoría de “estados pivot”1. Se trata según Kennedy de aquellos estados cuyas decisiones afectan la estabilidad regional de un modo más directo que otros países, y por ende son países más importantes para el interés de Estados Unidos. Detrás de esta idea se encuentra la necesaria asistencia preventiva, para evitar el colapso de estos estados y el impacto negativo en la estabilidad regional. El éxito o el fracaso de estos estados influirían poderosamente en las áreas que los rodean y afectarían los intereses estadounidenses de manera directa, volviendo imposible o costoso su concreción.

En cuanto a la categoría de “estado pivot”, Kennedy sostenía que algunos criterios necesarios para calificar a un país como tal eran el tamaño de su población, una ubicación geográfica importante (o sea, el factor geopolítico), y el potencial económico. Todo esto llevaría a que dicho estado tenga la capacidad de afectar la estabilidad regional. Es un estado tan importante en su región que su colapso y desorden generaría inestabilidad y a la vez desorden en la región en que se encuentra. La estabilidad y el progreso entonces de estos estados pivot sostienen la vitalidad económica y la estabilidad política de una región, beneficiando a la larga según Kennedy a los intereses estadounidenses.

En su lista de “estados pivot”, Kennedy ubicaba a Egipto (y también a Brasil, México, Argelia, Sudáfrica, Turquía, India, Pakistán e Indonesia). En cuanto a Egipto, que es el caso que nos interesa, Kennedy lo describió como un país que debido a su ubicación geográfica, la estabilidad y alineamiento político (alianzas) es muy importante para la región y los intereses de las grandes potencias. Además, sostenía que Mubarak había levantado una virtual “muralla” para contener la amenaza más crucial para la región: el fundamentalismo islámico radical. También pesaba enormemente en su importancia su involucramiento en el proceso de paz árabe-israelí, y sus vínculos con África del Norte, donde también contribuye a la estabilidad.

Kennedy mencionaba algunos posibles efectos para los intereses estadounidenses de un colapso egipcio: el proceso de paz árabe-israelí sufriría problemas y se podría ver cuestionado, los intentos contra los movimientos fundamentalistas se verían también perjudicados (debido al color o composición de un nuevo gobierno), y a la vez habría serios efectos sobre los mercados petroleros mundiales y el comercio (por el rol que estratégico-geopolítico que juega el Canal de Suez).

La idea detrás del texto de Kennedy (además de la asistencia a estos países) es la defensa del statu quo, estrategia que a su entender debía adoptar Estados Unidos, dentro de un lineamiento de políticas conservadoras en cuanto a su política exterior, para lo cual la defensa de sus intereses requeriría el mantenimiento de la estabilidad y el statu quo en partes importantes del mundo en desarrollo. Estos estados pivot deberían ser sostenidos (a modo de la estrategia resultante de la “teoría del dominó” en la guerra fría) para evitar el contagio a otros países, vecinos o no, como si fuera una “manzana podrida en un barril”. Esto también implicaría para Estados Unidos la necesidad de salvaguardar los intereses de algunos aliados esenciales.

Podemos ver a partir de los párrafos anteriores como esta categoría de “estado pivot” resulta de gran utilidad para describir la importancia que tiene Egipto para la seguridad de Medio Oriente, y los posibles efectos negativos que puede traer una gran inestabilidad en el, como posible consecuencia de la crisis actual. Es por esto que, como veremos más adelante, Estados Unidos ha propugnado una y otra vez por la necesidad de que la transición sea llevada a cabo de la forma más pacífica y gradual posible, para evitar así todo peligro de radicalización o conflicto que pudiera desatarse. Los efectos sobre la región serían de gran magnitud en el caso de que Egipto cayera en manos de un grupo que fuese revisionista y no sostenedor del statu quo, en especial con respecto a algunas cuestiones en particular: al Tratado de Paz de Camp David de 1978 y el Acuerdo de Paz de 1979, el Canal de Suez, la lucha contra los movimientos radicalizados del Islam, y la alianza con Estados Unidos.

El Tratado de Camp David y el Acuerdo de Paz (fruto del tratado) ponían fin al estado de guerra existente entre ambos países desde 1948 (año en que se creara el Estado de Israel). También establece el mutuo reconocimiento entre ambos países, y la desocupación por parte de Israel de la península del Sinaí, ocupada desde la Guerra de los Seis Días en 1967. También permitía el libre tránsito de buques israelíes por el canal, y la desmilitarización por parte de Egipto del Sinaí. Estos acuerdos se convirtieron en la piedra angular de la paz entre Egipto e Israel, y después de su firma, no ha ocurrido otra guerra de la magnitud de las de 1967 o 1973. Los dos países se han mantenido en paz entre si luego de su firma, y muchas veces se califica a esta paz como una “paz fría”, existente más bien entre sus gobiernos, pero dudosa entre sus pueblos y a nivel de la opinión pública.2

La posterior muerte de El-Sadat en 1981, permitieron que su sucesor, Mubarak, se convirtiera durante su mandato en el sostén de estos acuerdos, y así fue como a la vez cultivó muy buenas relaciones con autoridades israelíes, al igual que los principales miembros de sus Fuerzas Armadas. Su rechazó a los grupos más radicalizados del Islam era compartido por Israel, y esto permitió generar una visión en común sobre lo que debía ser prevenido. Además, Egipto ha jugado un rol importante en torno al conflicto en la Franja de Gaza (con la que limita), donde tácitamente ha dejado que Israel haga lo que le era necesario. El solo hecho de que este hombre “pro-estabilidad” no esté, abre un signode interrogación. A pesar de que la paz con Israel es muchas veces catalogada como una “paz fría”, la realidad es que ambos países no han ido de nuevo a la guerra, y esto sin duda también ha eliminado un frente de conflicto para Israel, permitiéndole concentrarse en el otro (Hamas, Hezbollah, Palestina). Será un elemento a tener muy en cuenta la evolución de esta relación, y el respeto a los acuerdos en esta era post-Mubarak.

Otro factor importante a la hora de analizar el escenario de la seguridad regional y el impacto en el de la crisis egipcia, es la importancia estratégica del Canal de Suez. Inaugurado en el año 1869, fue administrado por franceses e ingleses, como potencias coloniales dominantes en esa región. Cuando Nasser lo nacionalizó en el año 1956, se desató el conflicto, involucrando no solo las fuerzas de los países que lo administraban, sino también a las fuerzas israelíes, contra las egipcias. Nasser necesitaba administrar el canal por la gran fuente de ingresos que representaba (buque que pasaba por él, buque que pagaba un canon que hasta ese momento no iba a parar a las manos del gobierno egipcio). Se calculó que entre el Canal y el oleoducto Suez-Mediterraneo, pasa el 5,5 % de la producción mundial de crudo, a razón de 2,4 millones de barriles por día a través del canal, y 2,5 millones de barriles por día por el oleoducto. Es por lo tanto una vía de comunicación y suministro fundamental para Occidente, y cualquier eventual interrupción ocasionaría un grave problema en la oferta de petróleo, generando una consecuente escalada de precios (hecho que comenzó a registrarse con el correr de los días de manifestaciones, donde el barril trepó a los U$S 100). Para Occidente, basta recordar los efectos sobre el comercio mundial a raíz del cierre del canal en los años 1967 y 1973, por las guerras que Egipto estaba peleando en aquellos años. En este caso, es el factor geopolítico el que le otorga importancia a la situación egipcia, debido a su ubicación estratégica como zona de paso entre el Mediterráneo y Medio Oriente para el transporte de carga y combustibles. Mantener esta vía libre y navegable se volverá también una cuestión clave para los intereses de Occidente, en especial Europa, destinatario de la mayor parte de los buques que transitan por allí.

Un tercer elemento clave a tener en cuenta en torno a la seguridad es el rol de Egipto con el islamismo. Mubarak ha ejercido una política de mano dura contra los grupos radicalizados, y esto sin duda ha repercutido en la seguridad regional. Con los grupos islamistas más radicales se forjó una tregua en el año 1999, luego de más de dos décadas de profunda violencia por parte de los grupos más radicalizados, pero la violencia emergió de nuevo entre los años 2003 y 2006. Esto puso sin duda alguna en riesgo la seguridad y estabilidad tanto de Egipto como de la región si esta nueva ola no pudiera contenerse. Hay que tener en cuenta el poder que tiene el islamismo en Egipto, a través de varios grupos, algunos moderados y otros radicales, siendo la Hermandad Musulmana solo uno de estos grupos. El despertar islámico en los últimos años tuvo lugar no solo entre la oposición política: también llegó a los ciudadanos en general, profesionales, empleados estatales y militares.

Hoy en día la Hermandad Musulmana ha adoptado una estrategia de participación política, presentándose en el año 2005 a las elecciones con excelentes resultados (22% de votos). Pero este grupo, que ha sido perseguido y vetado de la vida política luego de estas elecciones (por una ley de 2007 no puede haber partidos con base religiosa) sigue teniendo un enorme arraigo en la sociedad, y sus alas más duras o conservadoras mantienen la idea de la instalación de un estado islámico puro, que podría revertir los resultados para la región que ha tenido la política de persecución y enfrentamiento que ha seguido Mubarak.

Con respecto al islamismo, hay que recordar además las tantas veces mencionadas como posibles conexiones existentes entre algunos grupos radicalizados islámicos en Egipto y Al-Qaeda, muy anteriores a los hechos de 11 de septiembre de 2001. Este vínculo estaba personificado en la persona de Ayman Al-Zawahiri, declarado autor intelectual de los ataques contra las Torres Gemelas. Esta sola posibilidad hace a Egipto central para la lucha contra el islamismo para uno de sus mayores aliados, Estados Unidos.

Un cuarto y último factor a tener en cuenta a la hora de hablar de Egipto y la seguridad regional es el rol que juega su alianza con Estados Unidos. Desde el momento en que Egipto abandonó el bando de la Unión Soviética durante la guerra fría, y se pasó a un alineamiento con Estados Unidos, se convirtió en un aliado y socio en términos de seguridad y para asuntos políticos relevantes de enorme importancia. Recordemos tan solo el apoyo dado a Estados Unidos durante la Guerra del Golfo en el año 1991, que se tradujo en el envío de tropas (junto con Siria) a territorio árabe.

Esta alianza tiene una de sus caras visibles en lo referente al equipamiento militar, y aquí Egipto se revela como un jugador sumamente importante en su región, tanto por su poder militar como por la asistencia militar que recibe de Estados Unidos, lógicamente con el objetivo de lograr este poder militar y de balancear a Israel (que también recibe asistencia militar de Estados Unidos, y no por casualidad son estos los dos primeros países en cuanto a asistencia recibida). Posee alrededor de 450.000 efectivos en sus Fuerzas Armadas, y otros tantos que componen sus fuerzas paramilitares. En cuanto a su equipamiento militar, se calculó que ha gastado más de la mitad de la asistencia estadounidense recibida en aviones F-16 C/D “Fighting Falcon”, helicópteros Ah-64 “Apache”, y tanques MIA1 “Abrams” (alrededor de 1200 ), por sólo nombrar las adquisiciones mas importantes. Vale aclarar que Egipto tiene la Fuerza Aérea más grande del mundo árabe, totalizando alrededor de 550 aviones de distinto tipo, y que los primeros aviones F-16 A/B (uno de los aviones de ataque más modernos del mundo, de los cuales opera 220 hoy en día) llegaron a partir de 1982, tan solo tres años después de la firma de los Acuerdos de Paz con Israel, por medio del programa FMS (Foreign Military Sales). Tener una real dimensión del poder militar egipcio es importante a la hora de analizar su importancia para la seguridad de la región, sin duda alguna3.

Además, no se trata sólo de la asistencia militar que recibe Egipto de Estados Unidos. El régimen de El Cairo también presta su asistencia a los intereses y objetivos de su aliado en diversas partes del mundo, principalmente Medio Oriente. Así es como se han entrenado policías y diplomáticos en Irak, se ha desplegado un hospital militar en Afganistán, y se calcula que por el Canal de Suez han pasado cerca de 1000 buques de la Armadas de Estados Unidos en los últimos años, así como se han otorgado alrededor de 37.000 permisos de vuelo para aviones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos para que sobrevuelen Egipto hacia sus destinos en la región (principalmente Irak y Afganistán). Son estos los frutos de la alianza tanto para un país como para el otro. Se calcula que la ayuda estadounidense ha sido cercana a los U$S 70 billones, en materia de asistencia económica y militar a lo largo de los últimos 30 años (por medio de FMS- Foreign Military Sales-, USAID – Unites States Agency for International Development, etc.). Esta alianzatuvo como correlato por parte de Egipto el despliegue de 35.000 soldados en Arabia Saudita durante la Guerra del Golfo en el año 1991, su posterior silencio ante la invasión a Irak en el año 2005, y su complicidad (más bien implícita) con el accionar de Israel en la Franja de Gaza. Mubarak creyó siempre que esta línea política era lo mejor para el interés de Egipto, que para el estaba en mantener la estabilidad para así poder desarrollarse económicamente (por más que la opinión pública egipcia no simpatizara con estas políticas). “Era el hombre de Washington, y no el del pueblo”.

Es en virtud entonces de estas cuatro cuestiones principales tenidas en cuenta (su rol como estado pivot y los acuerdos de paz y la estabilidad regional, el Canal de Suez, la alianza con Estados Unidos, y el combate al islamismo más radical) que podemos extrapolar la importancia de Egipto para la seguridad de Medio Oriente, y lo vital que resulta para el mantenimiento de esta la estabilidad y el orden dentro del país. Resta por saber como puede influir en este escenario el nuevo gobierno que deberá formarse en unos meses, y que orientación tomará con respecto a estas cinco cuestiones consideradas centrales.

LAS FUERZAS ARMADAS AL PODER

Finalmente Mubarak renunció a su cargo el día 11 de febrero, abandonando el palacio presidencial en helicóptero. El poder fue transferido al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, quedando a cargo y transformándose en el actor principal a partir de esta nueva etapa. Aunque no están lógicamente exentos de ninguna responsabilidad con respecto a la situación en la que se encuentra Egipto, debido a que han sido la columna vertebral del régimen de Mubarak que duró 30 años, se encuentran en una posición cercana al pueblo egipcio, debido a su decisión de no reprimir las manifestaciones. Esta decisión pudo deberse más al temor a que la orden no sea obedecida por los oficiales inferiores y los reclutas (más cercanos al pueblo egipcio), dejando en evidencia un serio problema de mando y una ruptura dentro de la fuerza, que por el real deseo de no intervenir. De todos modos, el Consejo Supremo ya se ha manifestado a favor del orden y ha pedido el cese de las manifestaciones masivas.

Ya el día 10, parecía que las Fuerzas Armadas tomaban su posición. Luego de una reunión sostenida por parte del Consejo, se emitió un comunicado que resultó bastante claro al respecto: se habían reunido para afirmar su apoyo a los legítimos reclamos del pueblo. Las Fuerzas Armadas habían tomado efectivamente una decisión: darle la espalda a Mubarak.

Su postura puede verse reforzada a través del contenido del primer comunicado emitido el día 11 por parte del Consejo Supremo, luego de que Mubarak les entregara el poder, contiene dos puntos importantes, que permiten ver en principio el camino que tomará el Consejo. En primer lugar, sostiene que el estado de emergencia finalizará ni bien las circunstancias lo permitan y que se modificará la legislación necesaria para llevar a cabo elecciones libres y justas. Segundo, se resalta el compromiso con las demandas populares, y la concreción de ellos hasta que se instale el gobierno democrático producto de las elecciones libres. Finalmente el día 13, las Fuerzas Armadas egipcias, ejerciendo efectivamente el poder por primera vez desde 1952, decidieron disolver el parlamento, uno de los reclamos centrales de los manifestantes, suspendió la constitución y llamó a elecciones para dentro de seis meses. Así las Fuerzas Armadas consolidaban su control sobre lo que ellos han denominado “transición democrática luego de tres décadas de autoritarismo”, y daban lugar a algunos de los principales reclamos. Además, han declarado que respetarán las obligaciones internacionales de su país y los tratados existentes.

El Ministro de Defensa, conductor de las Fuerzas Armadas, el Mariscal Mohamed Tantawi, envió inmediatamente dos señales: por un lado, para la sociedad, reafirmó su compromiso de traspasar el poder pacíficamente en el marco del sistema democrático a ser instaurado. Por el otro lado, y en un claro mensaje para Israel, declaró que los acuerdos y tratados regionales serán respetados. Así, se buscó en primer lugar aplacar dudas, especialmente con respecto a Israel, que había manifestado temores en torno al Tratado de Paz de 1979.

Los militares han manejado la crisis de una manera acertada, ya que esta los terminó depositando en el poder de manera efectiva (no es que no formaran parte del poder en Egipto, pero ahora están a la cabeza del sistema). Se han ganado el apoyo de los manifestantes, han consolidado su control de puestos gubernamentales claves (como la vicepresidencia, a cargo de Suleiman), y finalmente han reemplazado en la conducción del país a Hosni Mubarak. Además, a pesar de ser movilizados por el ahora ex – presidente para poner orden en las calles, han demostrado una escasa voluntad de usar la fuerza contra los manifestantes. Ellos también se vieron en medio de una encrucijada: apoyar a Mubarak o a los manifestantes. Esta se ha convertido en la tercera vez en la historia que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas se reúne (las primeras dos fueron en 1967 y en 1973 respectivamente, en ocasión de las guerras). Asumen así de nuevo un rol preponderante en la política egipcia, rol que habían visto menguar a favor de las fuerzas internas de seguridad bajo el gobierno de Mubarak.

Ahora son los militares los que deben negociar con las fuerzas opositoras de diversa índole, es un escenario político interno de los más complejo e impredecible. Y aún queda por ver con el correr de los días como ejercen el poder los mismos militares, transformados en uno de los actores claves y centrales de este momento. A la vez, son partidarios de mantener la estabilidad dentro del país y evitar cualquier tipo de acción que conduzca al caos (venga del lado que venga) a lo largo de este período de transición.

Evidentemente, Mubarak ya se había convertido, a los ojos de los militares, en el factor desestabilizador, ya que los militares se encontraban encerrados entre dos posiciones: reprimir las manifestaciones, o que se vaya el presidente. No podemos dejar aquí de recordar que Hosni Mubarak fue militar, llegando a ser Jefe de la Fuerza Aérea antes del asesinato de Al-Sadat. Por lo tanto, es dudoso que la situación entre Mubarak y sus “camaradas” de las Fuerzas Armadas no se haya resuelto de otra forma que no sea una negociación entre ellos, para buscar la salida más elegante y traer un principio de solución (en línea con la posición de las Fuerzas Armadas de apoyar los legítimos reclamos de los manifestantes, no lo olvidemos).

Así, las Fuerzas Armadas, por medio de su Consejo Supremo, se han convertido en un actor central en este escenario post-Mubarak, y serán los que pondrán las reglas de juego durante este período de transición, aunque negociando con los grupos opositores, entre ellos la Hermandad Musulmana. También vetarán seguramente cualquier avance o intento que para ellos resulte desestabilizador o juegue en contra de sus intereses como institución.

Para Estados Unidos y sus intereses en la región, Egipto ha jugado un rol vital en los últimos años. Mantuvo el Canal de Suez abierto y libre para la navegación, sostuvo la paz con Israel, evitando que la región se desestabilizara, y reprimió al Islam en sus formas más radicales. Pero especialmente los dos últimos de estos ítems son los que han resultado problemáticos para Egipto. Las críticas internas con respecto a la paz con Israel siempre han existido, señalando que el tratado le dejó las manos libres para actuar, por ejemplo, en el Líbano, en la Franja de Gaza, o en los bombardeos a Irak y Siria, sin oposición alguna de Egipto (que al menos frenara el accionar israelí). Es así como Hosni Mubarak se convierte en un pilar para Estados Unidos en cuanto a sus intereses regionales al crear y sostener un orden que facilitaba y reducía los costos de negociación y acción para Estados Unidos.

EL ESCENARIO A FUTURO

Sin duda será vital observar el desarrollo de estos siguientes meses para ver cómo evoluciona el rol de los militares como conductores de Egipto, y su manejo de la transición. El Comité establecido para revisar la Constitución Nacional es un paso más dado en dirección a la satisfacción de los reclamos de los manifestantes. También deberá observarse de cerca la conformación de los partidos políticos de cara a las elecciones presidenciales, y cómo queda ubicado dentro de este abanico de partidos la Hermandad Musulmana, y a partir de allí qué posibilidad real tiene de alcanzar el poder (algo temido por muchos), ya que se trata de uno de los pocos grupos organizados capaces de contener a la juventud y movilizarlos. También habrá que observar que rol juega la figura de Mohamed el-Baradei, ex diplomático y uno de los líderes de la oposición más influyentes.

Lo que es seguro es que ya nada será igual en Egipto, y por ende tampoco para Estados Unidos ni para Medio Oriente. El gobierno que venga sin duda alguna revisará todo lo actuado por Mubarak durante los últimos 30 años (de no hacerlo corre el riesgo de terminar de la misma forma, huyendo en medio de masivas manifestaciones), incluyendo el rol de su país dentro de la región, el papel del islamismo, y la alianza con Estados Unidos. La relación con Israel también será de vital importancia, y ya se han escuchado las primeras voces sosteniendo que los acuerdos de 1979 se respetarán. Seguramente esta posición será sostenida por los militares. Generalmente se habla de dos posibles modelos que pueda seguir Egipto: el de Turquía, o el de Irán. Según el modelo turco, terminará como un estado laico con una democracia parlamentaria, de buenas relaciones con Occidente, y floreciente economía. Por el otro lado, el modelo iraní es la alternativa más radicalizada, basado en el fundamentalismo islámico, confrontando con Occidente y con rasgos autocráticos. Pero Egipto tiene sus propias características, que lo diferencian, por ejemplo, de Irán. Es un país de mayoría sunita y no chiita, y por lo tanto su evolución hacia un régimen más radicalizado (en caso de ocurrir) será necesariamente distinta. Esto tiene sus implicancias: los suníes no tienen una doctrina de obediencia implícita al clero, como sí lo tienen los chiitas en Irán, y esto lleva a que el clero no tenga un rol tan importante en la vida religiosa suní como lo tiene en la vida religiosa chiita, en la figura de los Ayatollahs. Parece difícil entonces que termine como Irán del ´79.

Pero el juego en Egipto está abierto, y durante este período de transición se irán visibilizando algunos rasgos del Egipto que vendrá. En cuanto a la región, claramente la ola de manifestaciones está lejos de terminarse, ya que la ola expansiva ha tocado fuertemente en Argelia, Bahrein, Marruecos e incluso en Irán. Restará por ver qué ocurre en estos casos, y cómo se reconfigura el mapa político y estratégico de esta región, tan vital para los intereses de Estados Unidos y de las potencias mundiales. ◊