Haciendo un poco de memoria, desde la década del ochenta, el Gobierno del entonces presidente Raúl Ricardo Alfonsín finalizó con una fuerte crisis económica que se caracterizó por un estallido hiperinflacionario, lo que generó un gran malestar social que terminó con saqueos y un fuerte clima violento.

Al inicio de la siguiente década, la política económica dio un giro rotundo, y los noventa se caracterizaron por comenzar casi desde cero. El equipo del presidente Carlos Saúl Menem introdujo un nuevo “plan económico” que se basó inicialmente en una política de shock antiinflacionaria: el “Plan de Convertibilidad”. Si bien lo más conocido y recordado de este plan es el “1 a 1”, en el que la paridad cambiaria quedaba definida por la cantidad de dólares con los que contaba el Banco Central a una tasa de cambio de un peso por dólar, también debe destacarse la prohibición de emisión monetaria para financiar déficit públicos (que había sido la principal causa del brote inflacionario de la década anterior).

Durante los primeros años del menemismo, el plan fue exitoso y trajo un período de tranquilidad. No obstante, a pesar de ser una política de shock, durante los primeros meses de implementación del plan.

La inflación siguió avanzando por la inercia que traía y el tipo de cambio real quedó atrasado, lo que restó competitividad a las exportaciones y abarató las importaciones, las cuales también actuaron como un techo para el aumento de precios domésticos.

Estos resultados iniciales, sumados a los cambios en la situación internacional, comenzaron a poner en jaque al modelo económico. La fuerte apertura económica llevada a cabo, si bien sirvió para anclar las expectativas inflacionarias y para conseguir capitales externos en concepto de inversiones externas, también añadió volatilidad a la economía y una fuerte dependencia de los vaivenes de los cambios de los mercados financieros internacionales, lo cual configuró una economía más vulnerable a los shocks externos. Y si bien el Gobierno de Menem finalizó antes de que “explote” la crisis, esta ya estaba en camino.

Todas las tensiones macroeconómicas acumuladas durante la década anterior, sin cambios profundos durante su gestión, hicieron que el Gobierno de Fernando de la Rúa no pudiese sostener el plan iniciado diez años antes, lo que, a fines de 2001, llevó la economía a una crisis severa, con fuertes restricciones fiscales y monetarias, el “corralito”, y un descontento social que terminó con saqueos y llevó al presidente a la renuncia.

Luego, cinco presidentes en una semana: el default de la deuda soberana de Adolfo Rodríguez Saá, la devaluación de Eduardo Duhalde y el respiro de la economía. El aumento del tipo de cambio liberó a la economía de su problema endémico: el problema de la restricción externa. Aumentaron las exportaciones, cayeron las importaciones, cambiaron las expectativas de los agentes y los componentes de la demanda volvieron a dinamizarse. La economía comenzaba a transitar de nuevo una senda de crecimiento.

En 2003 llegó a la presidencia Néstor Carlos Kirchner y con él se inició el “período K”. Con el impulso de la devaluación cambiaria y con la deuda pública defaulteada, durante los primeros años la economía argentina transitó por un sendero casi inédito: el de los superávit gemelos (fiscal y comercial). No obstante, estos resultados no tuvieron que ver tanto con la elaboración de un plan económico por parte del Gobierno, sino con las condiciones iniciales internas preexistentes y el escenario internacional.

En primer lugar, el superávit fiscal se explicó por el fuerte incremento de la recaudación tributaria debido al repunte de la actividad económica luego de cuatro años de recesión, sumado al no pago de la deuda. En tanto, el excedente comercial se generó por los efectos de la devaluación, sumados a los términos del intercambio favorable para la economía argentina, una situación también inédita para el país: no solo se vendía más volumen por la ganancia de competitividad, sino que los precios internacionales de las commodities “volaban”, lo que permitió una fuerte acumulación de reservas internacionales.

En 2007 Néstor fue sucedido por su esposa, la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y tras la muerte de su marido el manejo de la política económica se desvió de la ruta inicial y comenzó a acumularse un sinnúmero de desequilibrios que, al no ser “atacados” desde el principio, no hicieron más que agravarse. El viraje a la izquierda de Cristina, sumado a los desaciertos en la elección de su equipo económico, imposibilitó aprovechar las condiciones favorables de los mercados internacionales y llevó a la economía a la situación actual.

ACTIVIDAD ECONÓMICA

La economía argentina ha transitado períodos de gran prosperidad, pero lo más sobresaliente fueron las recesiones en las que se encontró sumergida debido a la intensidad con que estas se reflejaron en los distintos indicadores macroeconómicos. Debida cuenta de estos episodios, se presentará un breve panorama de la actividad económica de los últimos meses, a fin de analizar la trayectoria y las perspectivas de los demás indicadores.

El Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) –proxy mensual del PBI−, junto con el Estimador Mensual Industrial (EMI), son referentes de esta situación. En términos interanuales, el EMAE registra desde el mes de marzo de este año variaciones negativas, lo cual deja en evidencia el retroceso de la actividad respecto de 2013 y, si bien en junio el indicador se clavó en 0%, Brasil, siendo el principal socio comercial de Argentina, exhibió un desplome del 2,1%, lo que agudiza la crisis tanto económica como política que se viene gestando hace meses en el país.

Mientras tanto, desde 2012 el EMI revirtió su tendencia alcista y comenzó a mostrar variaciones interanuales negativas, lo que solo se invirtió en algún mes reflejando crecimiento de la actividad industrial, pero al margen de estas excepciones, el indicador no logró repuntar en 2014. La industria cerró el 2013 con un desplome del 0,2% interanual y en el transcurso de este año acumula una caída del 2,8% respecto del año anterior.

Pese a que el Gobierno de turno intenta por todas las vías evitar caratular la situación económica actual como recesiva, la realidad que se evidencia día a día los deja en jaque una vez más. Incluso las cifras del INDEC dan cuenta de una contracción, que se refleja en una menor utilización de la capacidad instalada que retrocedió un 0,4% interanual en julio y acumula en estos 7 meses una caída del 2,1%.

¿Qué nos llevó a este freno en la actividad? Si bien existen numerosas causas, la caída del salario real como consecuencia de la fuerte escalada inflacionaria ha impactado de manera considerable en el consumo, la variable “estrella” del período K. Asimismo, las exportaciones no repuntan (ni en cantidades ni en precios) y la inversión se encuentra en su menor nivel en años. Solo el gasto público expande la demanda agregada, pero con un alto costo: su financiamiento vía emisión monetaria retroalimenta la suba de precios, tal como se analiza a continuación.

PRECIOS, POLITICA FISCAL Y MONETARIA

La coyuntura argentina se ha caracterizado por tener recurrentes episodios inflacionarios, los cuales responden a la lógica de las políticas procíclicas llevadas adelante por los gobiernos de turno, que en lugar de tomar decisiones racionales de política económica, solo buscan maximizar los resultados del ciclo político.

Según la teoría económica keynesiana, las políticas expansivas, tanto fiscales como monetarias, deben aplicarse en un contexto de recesión con el fin de darle impulso a la demanda agregada, debido a que es el único componente que puede manejarse de manera directa a través de política económica.

Una vez que esta reacciona, el Gobierno debe llevar adelante políticas de contención, con el fin de no “recalentar” la economía: con fuerte expansión del consumo, la inversión y las exportaciones, el rol de las políticas económicas es amortiguar el ciclo, es decir, es momento de moderar el gasto público, con el objetivo de ahorrar (debido a que la expansión trae también aparejados fuertes incrementos en los ingresos públicos) para épocas de “vacas flacas”, donde el impulso gubernamental es esencial y los recursos escasean.

No obstante, si bien desde el Gobierno se denominan keynesianos, no es este el funcionamiento de las políticas llevadas adelante durante los últimos años. Con una demanda agregada muy dinámica, la expansión fiscal, solo sostenible con un fuerte incremento de la presión tributaria (pasó del 20% del PBI en 2003 a más del 40% en 2013), no hizo más que “echar más leña al fuego”, sobre todo a partir de que los ingresos del sector público dejaron de ser suficientes para financiar el creciente gasto. excedente comercial se generó por los efectos de la devaluación, sumados a los términos del intercambio favorable para la economía argentina, una situación también inédita para el país: no solo se vendía más volumen por la ganancia de competitividad, sino que los precios internacionales de las commodities “volaban”, lo que permitió una fuerte acumulación de reservas internacionales.

En 2007 Néstor fue sucedido por su esposa, la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y tras la muerte de su marido el manejo de la política económica se desvió de la ruta inicial y comenzó a acumularse un sinnúmero de desequilibrios que, al no ser “atacados” desde el principio, no hicieron más que agravarse. El viraje a la izquierda de Cristina, sumado a los desaciertos en la elección de su equipo económico, imposibilitó aprovechar las condiciones favorables de los mercados internacionales y llevó a la economía a la situación actual.

ACTIVIDAD ECONÓMICA

La economía argentina ha transitado períodos de gran prosperidad, pero lo más sobresaliente fueron las recesiones en las que se encontró sumergida debido a la intensidad con que estas se reflejaron en los distintos indicadores macroeconómicos. Debida cuenta de estos episodios, se presentará un breve panorama de la actividad económica de los últimos meses, a fin de analizar la trayectoria y las perspectivas de los demás indicadores.

El Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) –proxy mensual del PBI−, junto con el Estimador Mensual Industrial (EMI), son referentes de esta situación. En términos interanuales, el EMAE registra desde el mes de marzo de este año variaciones negativas, lo cual deja en evidencia el retroceso de la actividad respecto de 2013 y, si bien en junio el indicador se clavó en 0%, Brasil, siendo el principal socio comercial de Argentina, exhibió un desplome del 2,1%, lo que agudiza la crisis tanto económica como política que se viene gestando hace meses en el país.

Mientras tanto, desde 2012 el EMI revirtió su tendencia alcista y comenzó a mostrar variaciones interanuales negativas, lo que solo se invirtió en algún mes reflejando crecimiento de la actividad industrial, pero al margen de estas excepciones, el indicador no logró repuntar en 2014. La industria cerró el 2013 con un desplome del 0,2% interanual y en el transcurso de este año acumula una caída del 2,8% respecto del año anterior.

Pese a que el Gobierno de turno intenta por todas las vías evitar caratular la situación económica actual como recesiva, la realidad que se evidencia día a día los deja en jaque una vez más.

Incluso las cifras del INDEC dan cuenta de una contracción, que se refleja en una menor utilización de la capacidad instalada que retrocedió un 0,4% interanual en julio y acumula en estos 7 meses una caída del 2,1%.

¿Qué nos llevó a este freno en la actividad? Si bien existen numerosas causas, la caída del salario real como consecuencia de la fuerte escalada inflacionaria ha impactado de manera considerable en el consumo, la variable “estrella” del período K. Asimismo, las exportaciones no repuntan (ni en cantidades ni en precios) y la inversión se encuentra en su menor nivel en años. Solo el gasto público expande la demanda agregada, pero con un alto costo: su financiamiento vía emisión monetaria retroalimenta la suba de precios, tal como se analiza a continuación.

PRECIOS, POLITICA FISCAL Y MONETARIA

La coyuntura argentina se ha caracterizado por tener recurrentes episodios inflacionarios, los cuales responden a la lógica de las políticas procíclicas llevadas adelante por los gobiernos de turno, que en lugar de tomar decisiones racionales de política económica, solo buscan maximizar los resultados del ciclo político.

Según la teoría económica keynesiana, las políticas expansivas, tanto fiscales como monetarias, deben aplicarse en un contexto de recesión con el fin de darle impulso a la demanda agregada, debido a que es el único componente que puede manejarse de manera directa a través de política económica.

Una vez que esta reacciona, el Gobierno debe llevar adelante políticas de contención, con el fin de no “recalentar” la economía: con fuerte expansión del consumo, la inversión y las exportaciones, el rol de las políticas económicas es amortiguar el ciclo, es decir, es momento de moderar el gasto público, con el objetivo de ahorrar (debido a que la expansión trae también aparejados fuertes incrementos en los ingresos públicos) para épocas de “vacas flacas”, donde el impulso gubernamental es esencial y los recursos escasean.

No obstante, si bien desde el Gobierno se denominan keynesianos, no es este el funcionamiento de las políticas llevadas adelante durante los últimos años. Con una demanda agregada muy dinámica, la expansión fiscal, solo sostenible con un fuerte incremento de la presión tributaria (pasó del 20% del PBI en 2003 a más del 40% en 2013), no hizo más que “echar más leña al fuego”, sobre todo a partir de que los ingresos del sector público dejaron de ser suficientes para financiar el creciente gasto.

La insuficiencia de ingresos públicos (a pesar de la fuerte presión sobre los contribuyentes) generó la necesidad de fuentes adicionales de financiamiento. Con la imposibilidad de seguir emitiendo gran cantidad de deuda, terminó recurriendo a la última y más perniciosa fuente en pos de hacerse de recursos: la emisión monetaria.

La emisión monetaria en un contexto de dominancia fiscal como el actual, en el que el Banco Central “cede” su autonomía de realizar política monetaria independiente del Gobierno con el fin de mantener estable el valor de la moneda para convertirse exclusivamente en financiador de los déficits del Tesoro Nacional, es nociva, ya que no obedece a necesidades exógenas de expansión monetaria, tal como adquisición de reservas internacionales o redescuentos, sino que se encuentra “atada” a las decisiones (de carácter exclusivamente político y no económico) del manejo fiscal.

A fin de ilustrar lo mencionado, en el siguiente gráfico se presenta el resultado fiscal (después del pago de intereses de la deuda pública) y la emisión monetaria realizada por el Banco Central para financiar al Gobierno. Se observa que a partir de 2011, en la medida que comienza a incrementarse de manera sostenida el déficit fiscal, se empieza a expandir la emisión explicada por el sector público, la cual va aumentando a medida que transcurren los meses y llega a mediados de este año a los 30.000 millones mensuales.

Con un fuerte incremento de la emisión monetaria y con una demanda de dinero no tan dinámica como en períodos anteriores, se produce un exceso de oferta de dinero, lo que genera su desvalorización. La pérdida del poder de compra se traduce en un aumento del nivel general de precios, ya que debido al menor valor del dinero es necesario utilizar una mayor cantidad para adquirir bienes y servicios. De esta forma, la inflación comienza a acelerarse. (graf.2).

Si bien se observan períodos de alta inflación durante 2008, esta se desacelera en 2009 debido a la caída del nivel de actividad por la crisis económica internacional. No obstante, cuando la economía comienza a recuperarse en 2010, la evolución del nivel general de precios se acelera nuevamente, para ubicarse en el rango del 20% al 25% hasta finales de 2013. De esta forma, existe una estrecha relación entre ciclo económico e inflación: crecimiento e inflación y estancamiento con deflación.

Esta relación entre actividad y precios se “rompe” a inicios de 2014. En enero el Banco Central, tras una fuerte presión del mercado, decide devaluar el tipo de cambio, y en un contexto de menor nivel de actividad, la inflación continúa avanzando y se ubica en torno al 40% con una caída estimada del PBI del 2%.

En este escenario, la dinámica inflacionaria toma vida propia y ya no se explica por un aumento de demanda y actividad, sino que el avance de precios de este año se da por pass-through, es decir, por traslado de la devaluación a costos y de estos a precios, a pesar de una demanda agregada deprimida, la cual es presionada aún más a la baja debido a que la inflación reduce los salarios reales e impacta de manera directa sobre el consumo, variable más dinámica de la demanda durante los últimos años.

RESTRICCIÓN EXTERNA Y POLÍTICA CAMBIARIA

La devaluación mencionada del mes de enero se debió no solo a las presiones del mercado, sino también (y principalmente) a la apreciación real verificada en el tipo de cambio, debido al aumento sostenido del nivel de precios. Un menor tipo de cambio real genera una pérdida de competitividad para las exportaciones y un fuerte aumento de las importaciones, las cuales adicionalmente se expanden.

Tal como se observa en el gráfico 3, hasta mediados de 2010, la balanza comercial, principal generadora de entrada de divisas de la economía, presentó resultados positivos, es decir, dio lugar a la acumulación de reservas internacionales. En tanto, a partir de ese momento, se produjo una ruptura y el sector externo comenzó a presentar resultados alternados, con preponderancia de déficit comerciales por el fuerte crecimiento de las importaciones, a pesar del cepo impuesto sobre estas.

Con una cuenta capital virtualmente cerrada, debido a la imposibilidad de endeudarse en el sector externo, y con poco ingreso de capitales vía inversión extranjera directa o de cartera, la balanza comercial fue casi el único generador de dólares. Es por eso que la dinámica del nivel de actividad vía aumento de las importaciones y una menor demanda externa debido a menores precios y a la desaceleración de los principales socios comerciales de estos últimos meses minaron las bases de la acumulación de divisas.

Asimismo, el atraso cambiario generó un aumento del gasto en turismo, y la apertura parcial del cepo cambiario provocó un incremento en la demanda de dólares, presionando aún más a la baja a las escasas reservas. Sin embargo, la mayor presión sobre las reservas debe observarse sobre el segmento de demanda de dólares mayorista, sin contar la adquisición de los 200 o 300 dólares que se autoriza a un asalariado.

Si bien desde el Gobierno buscan limitar las importaciones, la matriz productiva de sustitución de importaciones no ha sido tal como figura en el discurso. Parte importante de los insumos son de origen importado, lo que sumado a la escasez de energía y a la creciente necesidad de compras al exterior, genera una demanda de importaciones bastante rígida a la baja.

Y la escasez de reservas, junto con una política cambiaria “indefinida”, genera mayores presiones sobre el mercado cambiario paralelo. La indefinición cambiaria viene atada a la puja entre el titular de Economía y el del Banco Central sobre la tasa de interés: mientras Kicillof desea bajar la tasa para impulsar el consumo, Fábrega plantea la necesidad de una tasa más alta para contener la demanda de dólares y, por lo tanto, también la brecha cambiaria.

Por lo tanto, en este contexto donde el Banco Central perdió su autonomía para manejar libremente la política monetaria en pos de asegurar la estabilidad de la moneda, el cepo cambiario implementado en 2011 por el Gobierno terminó de sepultar cualquier posibilidad de recuperación de la economía. La imposibilidad de comprar dólares por parte de los privados agudizó la crisis de una economía doméstica fuertemente endeudada, con el recurrente problema de estrangulamiento externo y el debilitamiento del contexto macroeconómico general. Lejos de incentivar la demanda interna, el surgimiento del mercado cambiario paralelo conllevó que los agentes decidieran ahorrar en el dólar blue en detrimento del aumento de su consumo, debido a que las expectativas sobre el futuro de la economía comenzaban a presentar importantes nubarrones.

En este escenario, el tipo de cambio nominal continuó incrementándose pese a los esfuerzos del Gobierno por mantenerlo estable. En los primeros 8 meses de 2014, se acumuló un alza del 52% interanual y, respecto de agosto de 2013, un 49%. La brecha cambiaria frente al dólar paralelo continúa ampliándose velozmente, pero desde el Gobierno insisten en que el surgimiento del blue no es una referencia importante de la marcha de la economía.

El mecanismo monetario/cambiario opera de la siguiente manera: el Banco Central emite en exceso para financiar al Tesoro y, para sacar el excedente de dinero de circulación, debe realizar operaciones de mercado abierto, colocando Lebac y Nobac, por las que paga una tasa de interés. Este rendimiento debe “tentar” a los inversores a quedarse con los bonos y no dolarizar sus carteras, por lo que una caída de las tasas de interés como pide el Ministro de Economía no haría más que desincentivar la compra de activos financieros emitidos por la autoridad monetaria, presionando sobre el tipo de cambio, tanto oficial como paralelo y, por ende, sobre el nivel de precios, vía mecanismo de pass-through.

CONSIDERACIONES FINALES

Los ciclos económicos en Argentina se caracterizan por seguir la dinámica de los llamados stop and go: las economías presentan períodos de importante crecimiento que duran unos años y cuando comienzan a mostrar signos de agotamiento –a través de la restricción externa– significa que la recesión ha irrumpido. De esta manera, se encuentran en constantes y continuas fases de expansión/recesión, y es esto lo que caracteriza la trayectoria de la economía argentina en las última décadas.

Lejos de disiparse los temores sobre una nueva crisis económica, la marcha de la economía no hace más que reafirmarlos debido a la situación actual que se evidencia. Atrás quedaron los años de prosperidad tras la asunción de Néstor Kirchner en la posconvertibilidad, donde la economía resurgió impulsada por un contexto interno y externo altamente favorable, cosechando los efectos positivos que generó un tipo de cambio devaluado y el incremento de competitividad que dicha situación trae aparejado, beneficiando la balanza comercial y la acumulación de reservas.

La teoría económica puede dar soluciones a un escenario como el que el país presenta actualmente. El problema no es su efecto, sino la correcta implementación por parte del grupo económico de turno. Una economía que se encuentra técnicamente en recesión debido a que su actividad económica se retrotrajo tres trimestres consecutivos, una tendencia alcista incesante del nivel general de precios, un tipo de cambio que se devalúa a diario y que presenta una brecha cambiaria frente a un mercado paralelo donde el dólar casi duplica el valor de la cotización oficial, un cepo cambiario parcial que día a día mina el stock de reservas internacionales disponibles del Banco Central, un importante endeudamiento con organismos internacionales, un “default selectivo” declarado en julio, descontento social, problemas en el sector externo e internas en el propio grupo económico son algunas de las dificultades con las que se enfrenta el Gobierno, pero que intentan ocultar.

La economía argentina se encuentra en lo que los economistas llaman “estanflación”, es decir, un contexto de estancamiento económico con inflación, situación difícil de revertir, más aún teniendo en cuenta las discrepancias de política entre el titular del Banco Central y el Ministro de Economía. Tal como se mencionó en apartados anteriores, recurrir al financiamiento fiscal con emisión monetaria es un pecado que se paga caro y el reflejo de esta situación es que la escalada de precios ha tomado vida propia vía pass-through y prosigue independientemente de la marcha del nivel deprimido de actividad, sumado al descontento social consecuencia de la pérdida del poder adquisitivo del salario y del –desactualizado− impuesto a las ganancias.

La situación actual se asemeja a una importante bola de nieve que crece incesantemente con el transcurso del tiempo a punto de chocar contra un muro y estallar por los aires, afectando a todos los que están a su alrededor. Pese a los esfuerzos del Gobierno por ocultar aquello que ya no tiene margen para ser dibujado −porque la realidad supera cualquiera de esos intentos−, es indudable que el modelo económico “nacional y popular” se encuentra agotado. Solo resta esperar dos alternativas: que se retiren antes de que finalice el mandato, situación poco viable, o bien, ser testigos, una vez, del declive de la economía debido a la incapacidad del Gobierno de turno. ◊

Autores colaboradores: Mariana Scialabba y Mariano Carpineti.

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Lic. en Economía (UBA), Posgrado en Economías Latinoamericanas (CEPAL, NU). Mg. en Economía Aplicada UCA. Economista CATALAXIA Consultores. Asesora de empresas, organismos públicos nacionales e internacionales. Docente de Microeconomía, Macroeconomía, Economía Internacional y Cuentas Nacionales en UBA, UCES, UP, USAL, UB. Columnista de Infobae, El Economista, Cronista Comercial, Reconciliando Mundos, Desarrollo Industrial.

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