EL VERDADERO RESULTADO DE LA REVUELTA ES PARA LOS JÓVENES

Como en otros países árabes, la fractura entre el régimen y los jóvenes de las grandes ciudades ha estado en el origen de los acontecimientos históricos que Egipto ha vivido a comienzos de 2011. El cambio no ha venido de los islamistas, sino de una juventud de clase media ansiosa de libertad y que ha sabido conectarse con una sociedad hastiada de miseria y corrupción. En las tensiones sociales acumuladas durante años y en el autismo del poder están las causas de una revuelta popular que encontró en las redes sociales sus mejores armas. Ahora, la incógnita está en saber si esta juventud será capaz de articular una opción política que exprese sus ideales y equilibre la influencia de las otras dos grandes fuerzas del país: los militares y los Hermanos Musulmanes.

EGIPTO

LA DIGITALIZACIÓN QUE HIZO POSIBLE LA REVUELTA

Las transformaciones demográficas y culturales de la sociedad egipcia y sus efectos sobre la pérdida de la confianza en el Estado, sobre todo entre los jóvenes, eran de sobra conocidos. Además de algún best-seller como Inside Egypt: The Land of the Pharaohs on the Brink of a Revolution (John R. Bradle, 2009) que predijo la revuelta basándose en observaciones cotidianas, el PNUD de Naciones Unidas había publicado diversos informes sobre desarrollo humano que advirtieron de la potencialidad del conflicto.

El último de estos trabajos subrayaba la precariedad laboral de los 20 millones de egipcios que tienen entre 18 y 29 años y hablaba de ellos como “los mejores candidatos a ser agentes de cambio”.

Se trata de una juventud cuyos referentes distan de los que les atribuían muchos observadores ofuscados por la distorsión de las percepciones que tanto ha dificultado entender la orilla sur del Mediterráneo (véase el estudio publicado por la Fundación Anna Lindh: http://www.euromedalex.org/trends/report/2010/main).

Sus ideales no son tan distintos de los de otros países: reclaman trabajo y más libertad, aborrecen la corrupción y exigen que se les escuche y se les respete. Valores que no se correpondían ni con el comportamiento del régimen, ni con el estereotipo del egipcio escéptico y fatalista, ajeno al devenir colectivo. Durante 18 días, la plaza Tahrir de El Cairo y las calles de Alejandría han mostrado otra juventud, frustrada pero vital, más interesada en departir de ciudadanía y democracia que de religión, jóvenes urbanos que constituyen el eslabón débil del conflicto entre modernidad y arcaísmo que recorre el Mundo Árabe, y que se consideran hijos de la globalización pero excluidos de sus beneficios.

Hablamos, sobre todo, de jóvenes de clase media urbana que son quienes encendieron la llama de la revuelta. Jóvenes cuyas familias salieron de la miseria rural con Nasser y a quienes el régimen de Mubarak proveyó de estudios que desembocaron a menudo en un callejón sin salida laboral. Han crecido en un entorno conservador y darwinista, del que sólo han escapado navegando por mundos virtuales donde recrean futuros más humanos. Quizá constituyan todavía una minoría en el Egipto de hoy, que sigue siendo un país de campesinos y clases pobres, pero supieron expresar los anhelos de la mayoría y sumar a la revuelta a toda una generación.

Su arrojo, y el despliegue de una prodigiosa “guerrilla digital”, cuyas armas eran Facebook, Twitter y los teléfonos móviles, hicieron el resto.

Estos jóvenes asombraron por su lenguaje desenfadado y su talante cosmopolita y revelaron una sociedad árabe distinta de la que en Occidente teníamos codificada. ¿Quién hubiera dicho que la primera ruptura con medio siglo de autocracia no vendría de los “temidos o venerados islamistas”, sino de esta nueva generación? Jóvenes con religión, por supuesto, en un país como Egipto donde nada se concibe sin el Islam o el cristianismo oriental, pero portadores de una religión más difusa, individual y banalizada que la de sus padres y menos tutelada por el Estado. Sus centros de conspiración no han sido las mezquitas, sino las redes virtuales. Su lema no ha sido Allahu akbar y aún menos al-islam huwa al-hal (el Islam es la solución), el lema de los Hermanos Musulmanes en las elecciones de 1995, y que ahora sólo han exhibido los salafistas al sumarse a la revuelta cuando Mubarak ya había perdido la partida. Al contrario, los lemas más coreados han sido kifaya (basta) e irhal (vete), palabras seculares que bien podríamos atribuir a jóvenes de las periferias parisinas. Y sus héroes no han sido Sayid Qutb, ni Nasser y aún menos Ayman al-Zawahiri u Osama Bin Laden, los grandes ausentes de esta revuelta, sino alguien prescindible como Wael Ghonim, un joven ejecutivo que colgó en la red una decisiva página de Facebook tras la muerte de un internauta en Alejandría a manos de la policía.

La revolución ha puesto de manifiesto el alto nivel de individualización y horizontalidad de estas nuevas generaciones, potenciado, sin duda, por la comunicación digital. En efecto, no cabe amalgamar bajo ninguna de las banderas ideológicas que han movilizado a los egipcios desde la caída del rey Faruk a la marea de jóvenes que se lanzaron a la calle los primeros días de protestas. Con la excepción de los islamistas, que se sumaron bastante más tarde al movimiento –aunque de manera decisiva– la mayoría acudía a las concentraciones sin consignas, adaptando cánticos aprendidos en los campos de fútbol. No obedecían a las plegarias de ningún imán ni a órdenes de la trasnochada oposición política, sino a la llamada de la Red, de la que son creyentes acérrimos.

Este comportamiento, tan correoso en el objetivo de echar a Mubarak, pero casi posmoderno en la formulación de un programa difuso y líquido, alimenta mil dudas y preguntas sobre la consolidación de la democracia en Egipto. Sin embargo, su dimensión social y cultural revela una corriente de fondo de gran significación. Tanto es así que si algo puede vaticinarse es que la sociedad egipcia no volverá a ser lo que fue durante más de medio siglo. Más allá del desenlace político de la revolución, se ha producido una conquista de la calle y de la libertad de pensar de difícil vuelta atrás. Y esta conquista de los jóvenes se ha extendido a millones de egipcios que le han perdido el miedo al poder. En ese sentido, la revuelta ha supuesto una experiencia colectiva de ciudadanía que puede incluso llegar a ser fuente de una nueva identidad nacional, más anclada en los retos del futuro que en la gloria del pasado. Este cambio cultural constituye, sin duda, el hecho más relevante de cuanto ha sucedido.

Además de amordazada, la sociedad egipcia estaba diezmada por una cultura de la supervivencia. En ningún otro país árabe se había producido tal pasividad del Estado frente a la explosión demográfica y urbana. Mahfouz, al-Aswany, Khamissi y otros novelistas egipcios han relatado el submundo que proliferó en las grandes ciudades al que cairotas y alejandrinos respondieron con sacrificios, humor y el abandono de toda responsabilidad colectiva.

Para quienes creíamos conocer algo de Egipto, ésta ha sido la mayor sorpresa: ver que la sociedad era capaz, en tales circunstancias, de activar energías transformadoras.

Ahora queda saber si esta experiencia social va a permitir el surgimiento de una cultura de la ciudadanía, necesaria para la consolidación de un régimen más democrático. Entre los jóvenes están surgiendo comportamientos que expresan una nueva sensibilidad hacia lo colectivo, a la que amplios sectores de la población urbana se están sumando. La pérdida del miedo y la confianza en la propia capacidad alcanzan también a las clases bajas, donde se multiplican las huelgas en demanda de aumentos salariales y las acciones destinadas a acabar con la impunidad de los caciques locales o de la policía.

EL ROL DE LA MUJER

Lo que está en juego son las relaciones de poder, hegemonizadas hasta ahora por las élites que tendrán que aprender a compartir las decisiones con una sociedad civil menos domesticada. La gestión de la diversidad y el lugar de las mujeres en la nueva sociedad serán las piedras de toque de este cambio.

En un país donde musulmanes y coptos conviven en un clima de fría coexistencia desde hace 14 siglos y donde tanto el Islam como el cristianismo son de raíz conservadora, la plaza Tahrir ha sido escenario de intercambios inéditos entre cristianos y musulmanes, con anécdotas significativas como la de una joven militante de los Hermanos Musulmanes abrazando a la feminista Nawal el-Saadawi.

En todo caso, en una sociedad más democrática, musulmanes y cristianos deberán buscar un nuevo tipo de relación, basado en vivir juntos y no sólo en coexistir.

En cuanto a la situación de la mujer, la revuelta también ha traído relatos e imágenes para la esperanza. En un país donde el acoso sexual constituye la principal lacra de la sociedad, el reto que conllevó la promiscuidad callejera que acompaña toda revolución ha sido felizmente superado, de acuerdo al testimonio de numerosas mujeres egipcias. Si este nuevo clima se confirma, habría más motivos para hablar de revolución pues ésta es, sin duda, la principal asignatura pendiente de la sociedad egipcia. A largo plazo, las reformas en la educación serán decisivas; de manera más inmediata, todo dependerá del pacto no escrito al que nos referíamos antes entre los poderes públicos y los líderes religiosos.

EN QUÉ DECANTA EL CASO EGIPCIO

Por el momento, todo son titubeos en los dos bandos, los cuales ni siquiera están bien definidos. Las fuerzas del cambio surgirán de quienes ocuparon la plaza Tahrir durante 18 días: los jóvenes urbanos, los partidos de oposición laica y los Hermanos Musulmanes; una amalgama heterogénea, donde se mezcla lo generacional, lo político y lo religioso. Como era de esperar, esta unidad ya ha empezado a resquebrajarse. Así pues, pasar de la revuelta a la configuración de una agenda política provocará inevitables divisiones y realineamientos en las filas de todos los actores.

Los debates ya han comenzado, sobre todo entre los jóvenes que constituyen el componente más activo y prestigiado del movimiento, pero también el más extraño. Hay algunos jóvenes que sueñan en constituir un “partido de la juventud” que sea el genuino defensor de los ideales del 25 de enero. Sin embargo, carecen de programa y de líderes visibles, y siguen utilizando la Red para promover un debate sobre el futuro que resulta fascinante pero desordenado. Sus armas siguen siendo Facebook y las concentraciones masivas de los martes y los viernes en la plaza Tahrir, pero no parece que sean instrumentos suficientes para organizar un partido de masas en un país de 80 millones de habitantes. Su futuro dependerá de la capacidad de encontrar un liderazgo que rebase las fronteras de la juventud urbana. Un cometido que tiene tantas novias como candidatos a la presidencia.

Entre los Hermanos Musulmanes el debate también ha comenzado. Se saben fuertes, pero aislados del resto del movimiento, y están necesitados de una revisión del pensamiento arcaico que les caracteriza y que choca con el espíritu de esta revolución.

Sus juventudes han planteado que la democracia debe empezar en casa. Algunos miran hacia Turquía y otros piensan que la sociedad y el Islam egipcios son demasiado conservadores para seguir el mismo camino. Un experto como Olivier Roy la ha calificado incluso como “revolución post-islamista”, desde la autoridad que le da haber anunciado los límites del islamismo político hace 20 años.

Tampoco resulta fácil imaginar el papel de quienes sostuvieron el régimen. ¿Sobrevivirá el Partido Nacional Democrático -de Mubarak-, con sus más de 3 millones de afiliados, soltando lastre de la corrupción, cambiando de nombre y presentándose como un baluarte secular frente a los Hermanos Musulmanes? El descrédito que cosechó en las últimas elecciones, al copar más del 90% de los escaños en el Parlamento, hace difícil la operación.

Por el momento Egipto vive una merecida fiesta de la democracia. Los acontecimientos han sido de tal magnitud y la resonancia en otros países ha sido tan inmediata que pocos egipcios dudan estar viviendo una revolución. Sin embargo, tomando cierta distancia, el término no acaba de reflejar lo ocurrido. El historiador Robert Zaretsky concluye que la caída de Mubarak puede ser un paso más en el milenario proceso de pérdida de influencia del “Faraón”. Inicialmente puede no parecer mucho, pero si por fin Egipto tiene a su primer presidente elegido democráticamente (aunque sigue teniendo gente en contra como cualquier político mundial), el hito se convierte en histórico.

TUNEZ

EL FACTOR SOCIAL Y URBANO DE LA TRANSICIÓN TUNECINA

Túnez, el país donde empezó todo, parece caminar con pasos firmes hacia una transición tranquila. Nadie podría haber anticipado que la inmolación de Mohamed Bouazizi, un informático que trabajaba como vendedor de frutas callejero que fue humillado por la policía y la burocracia, iba a precipitar una de las mayores revueltas populares experimentadas por la región desde su independencia y la caída de los regímenes de Ben Alí, Mubarak y Gadafi. Mohamed Bouazizi representa la figura de esta generación de jóvenes instruidos y frustrados por la burocracia gubernamental totalitaria y la corrupción, una generación de jóvenes capacitados pero sin oportunidades ni horizontes y copados por las redes de unas elites tradicionales, totalitarias y carentes de renovación.

Bouazizi simboliza el fracaso del denominado “milagro tunecino”, aunque retrospectivamente el verdadero milagro más bien podría consistir en cómo una población con una importante clase media urbana educada y un nivel de desarrollo económico relativamente elevado ha podido soportar la dictadura de Ben Alí durante tanto tiempo, y haya necesitado el empuje de los estratos más desfavorecidos del sur del país para sumarse a las protestas.

Pero más allá del símbolo, su figura también indica las transformaciones socio-económicas que se han producido en la región durante las últimas tres décadas. Tal vez las más estables sean las tendencias demográficas, las sociales y las económicas, todas ellas tendencias a largo plazo y, por tanto, de carácter cuasi-estructural. Probablemente, todas han sido subestimadas por el observador exterior, sobre todo en su alcance y en sus sinergias, pero ayudan a comprender otros factores de cambio en la región y permiten proyectarlos a futuro.

La demografía tanto de Túnez como de la región muestra una población en plena transición demográfica entre altas y bajas tasas de fertilidad, especialmente en el medio urbano, donde se aproximan a las tasas europeas. Esta transición ha originado una generación de familias más reducidas y mononucleares, con bajas cargas familiares: pocos ancianos para cuidar entre muchos descendientes, y pocos y tardíos hijos a su cargo.

Ese dividendo demográfico supone mayores tasas de inversión en capital físico y humano, siempre que se proporcione una ocasión para traducir ese potencial a una mayor productividad del trabajo.

La tensión entre unas élites envejecidas con una generación de jóvenes que domina (y dominará) la pirámide de población tenderá a resolverse a largo plazo en favor de la segunda. Aunque la represión puede retardar el desenlace y las elites actuales pueden reproducirse, la demografía parece jugar en su contra.

La transformación social fruto de un conjunto de factores de modernización, como la urbanización, mayores niveles de educación, acceso a las telecomunicaciones y a las nuevas tecnologías de la información, o la aparición de una sociedad civil y una clase media más o menos nacientes. Este proceso de modernización no debe confundirse, desde luego, con una mera occidentalización. Aunque algunos académicos hablen de post-islamismo para definir a las sociedades de la región, por ello entienden una modernización del Islam y no necesariamente un paso hacia la laicidad tal y como se entiende en Occidente.

EL PAISAJE POLÍTICO ANTE LA MODERNIZACIÓN DEL ISLAM

La caída del régimen y el inicio del proceso de transición han abierto la puerta a la participación política. En el país hay unos 63 partidos legalizados, en un país con once millones de habitantes. El Rassemblement Constitutionnel Démocratique (RCD), el viejo partido de Ben Ali, ha sido ilegalizado, aunque sus barones han fundado al menos siete nuevos partidos que no han tenido éxito en las elecciones a la Asamblea Constituyente. Hay quienes proponen prohibir que se presenten a las elecciones quienes hayan sido ministros de la dictadura.

Resultaría difícil hacer lo mismo con todos los antiguos militantes del RCD. Y en la dictadura, formalmente, no era único, sino que había otros seis partidos legales como parte del decorado montado por el anterior régimen. Algunos de ellos muestran su influencia en los medios de comunicación y pretenden seguir teniendo presencia entre la ciudadanía.

También el Ettajdid (Partido Comunista) era un partido legal, pero siempre con problemas con las autoridades. Ahora cuenta con el crédito de haber estado también en la revolución desde el primer momento. El Partido Democrático y Progresista (PDP), también el Foro Democrático para el Trabajo y las Libertades, son casos parecidos. Algunos de sus líderes, Ahmed Brahim (Ettajid), Nejib Chebbi (PDP), estuvieron en los dos primeros gobiernos provisionales. Mustapha Ben Jaaffar, del FDTL, abogado, se mantuvo distante y no quiso. Está vinculado al poderoso sindicato UGT tunecino y a la Liga Tunecina para la Defensa de los Derechos Humanos. Chebbi prevé una bipolarización del escenario político, con Ennahdha de un lado y un cierto polo de centro-izquierda del otro. Hay quien quiere constituir un polo laico. En realidad, al reclamar el centro, se trata de pescar en la mayoría despolitizada de la dictadura y en los que pudieran temer una transición turbulenta.

En un primer momento, la revolución tunecina se ha caracterizado por una ausencia de liderazgo definido, programa o agenda. Se trataba, en realidad, de una revolución espontánea de la sociedad civil. La evolución de los acontecimientos indica que, a pesar de la institucionalización en parte del proceso de cambio, la voz de los ciudadanos sigue muy presente.

QUÉ ES LA AIRORPRT Y SU IMPORTANCIA

La Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, la Reforma Política y la Transición Democrática. Un organismo compuesto por actores clave de la sociedad civil tunecina: partidos, organizaciones sindicales, organizaciones no gubernamentales, asociaciones profesionales, regiones y un grupo de juristas, entre otros colectivos, se ha convertido en un miniparlamento que reúne a 155 personas que han de manejar un delicado proceso de transición.

Desde finales de mayo y a los largo de las semanas siguientes han promulgado una ley para la celebración de las elecciones; un decreto-ley para la constitución de la Alta Instancia independiente para las mismas; un decreto-ley para la elección de la Asamblea Constituyente; la adopción de la paridad entre hombres y mujeres en las listas electorales; la privación de la candidatura de los dirigentes del antiguo partido que ocupaba en poder durante el régimen de Ben Alí.

LA NUEVA ERA: ELECCIONES

El 23 de octubre de 2011, los tunecinos votaron en masa en las primeras elecciones libres de la historia del país para elegir una Asamblea Constituyente y pasar la página a la era de Ben Ali. La jornada electoral sorprendió a muchos agradablemente. Después de una campaña deslucida, no eran pocos los que dudaban de la participación. Por otra parte, pesaba la gran incógnita de saber cómo se comportarían los electores no inscriptos voluntariamente y sobre todo, los jóvenes, protagonistas de la revolución de la dignidad en este país. También había dudas sobre el comportamiento de electores, responsables de la organización y fuerzas políticas al encontrarse todos ante las primeras elecciones democráticas del país. Al final, la participación fue un éxito total al superar el 80% de los anotados en el censo electoral.

Según los datos finales, los islamistas moderados consiguieron el 40% de los votos pero, como la ley electoral perjudica a los grandes partidos para favorecer el consenso y la pluralidad en un momento de transición como el actual, An Nahda obtuvo algo más de 65 de los 217 escaños de la Asamblea Constituyente, mientras los dos principales partidos laicos consiguieron cerca de 50 escaños. El modo de representación proporcional de la ley electoral tunecina, que evita el monopolio del poder por un partido mayoritario y frena la posibilidad de que un único partido obtenga una mayoría absoluta, ha obligado a las grandes formaciones políticas a hablar de un gobierno de coalición basado en un programa político lejos del color ideológico de cada partido.

Los partidos laicos y de izquierda, Ettakatel, vinculado a la Internacional Socialista y que encabeza el médico Mustafá Ben Jaffar, y el Congreso para la República, de Moncef Marzouki lograron el 30% de los sufragios, mientras los islamistas consiguieron el 40% de votos. Esas dos formaciones luchaban contra la dictadura desde el exilio mientras que desde dentro lo hacía el Partido Demócrata y Progresista- de centro izquierda-, de Ahmed Nejib, que se atrevió a competir con el dictador en las presidenciales. No recogió los réditos de aquel desafío al cosechar menos del 10% de los votos.

Los resultados no permitieron formar en la Asamblea ninguna mayoría ni islamista ni laica. Por lo que Al Nahda (Renacimiento) y Ettakatul (Coalición) iniciaron negociaciones para pactar un gobierno de coalición gubernamental.

La sociedad tunecina acudió a las urnas por primera vez en décadas sin miedo a ser manipuladas. Para una generación se trataba de un episodio insólito en sus vidas, ya que estaban acostumbrados a procesos electorales que sabían de ante mano que eran amañados durante el antiguo régimen. La función de la nueva Asamblea Constituyente es dar forma a una nueva Carta Magna, elegir un nuevo Gobierno interino y convocar finalmente elecciones presidenciales y legislativas.

EL FINAL DE UN MODO DE ENTENDER EL MUNDO ÁRABE

Los acontecimientos vertiginosos que sacuden diversos países del norte de África y Oriente Próximo han provocado un desplazamiento del objeto de debate en lo que se refiere al Mundo Árabe. Los enfoques centrados en la identidad religiosa y/o en la preeminencia del conflicto de Oriente Próximo están cediendo el paso a un renovado interés por las transformaciones sociales y culturales. Por decirlo de otro modo: la atención se ha desplazado de la mezquita a la sociedad, del velo a las mujeres y del Corán a los jóvenes.

El desenfoque que ha prevalecido en las últimas décadas estuvo basado en una idea que ahora muestra sus límites: el statu quo que aseguraba que la única alternativa seria el triunfo del islamismo político. Quizá haya sido ésta la primera revolución en Oriente Medio que no tiene su epicentro en el Islam ni tampoco en las grandes causas pan-árabes, sino en la propia sociedad.

Los últimos años han sido pródigos en estudios sobre el islamismo político, los cuales han ayudado, sin duda, a una mejor comprensión del Mundo Árabe. Pero el debate sobre el Islam llevaba tiempo en un callejón sin salida, alimentado por el falso dilema que presentaba el islamismo político como un mal mayor, o como la palabra mágica capaz de hacer salir el genio democrático de la “lámpara de Aladdino”. Y así daban vueltas, en un círculo estéril, la mayoría de los debates, hasta que estallaron las revueltas en Egipto y en Túnez.

¿Cómo podían estas sociedades permanecer inmunes a los cambios provocados por la caída del muro de Berlín? ¿Por qué iba a ser el auge del islamismo su única consecuencia? ¿Por qué los jóvenes árabes iban a oponerse a la globalización, en vez de aspirar a compartir sus beneficios como otros? ¿Por qué iban a respaldar a dictaduras o aspirar a nuevos califatos, en vez de querer vivir más libres?