Sobre la Belleza de Plotino

Se recogen en esta ocasión, fragmentos sobre la belleza tomados de las Enéadas de Plotino, el representante más característico del pensamiento neoplatónico, que marcó uno de los puntos culminantes en la historia de la filosofía occidental.

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“I- La belleza apela fundamentalmente a la vista, pero también al oído a través de las combinaciones de las palabras. Está presente también en toda forma de música, pues las melodías y los ritmos son bellos. Y si ascendemos por encima de la percepción sensible, hay bellas ocupaciones, acciones y ciencias, y está, además, la belleza de las virtudes. Si hay también una belleza más allá de estas, lo veremos luego.

¿Qué es lo que hace que los cuerpos nos parezcan bellos, que el oído juzgue los sonidos bellos y que todo lo que pertenece al alma sea de algún modo bello? ¿Son bellas todas esas cosas en virtud de un mismo principio? ¿O es la belleza de cada cosa de una clase distinta a la belleza de las otras cosas? ¿Y cuál es la naturaleza de esos principios o de ese principio?

Pues algunas cosas, como los cuerpos, no son bellas por sus atributos esenciales, sino por su participación en algo distinto; pero otras cosas, como la virtud, son bellas en sí mismas. En verdad, los mismos cuerpos parecen a veces bellos y otras veces carentes de belleza, como si su naturaleza esencial en tanto que cuerpos fuera de una misma clase, pero, en tanto que bellos, de otra. ¿Qué es entonces lo que, por su presencia en los cuerpos, constituye su belleza? Esto es lo primero que se debe investigar. ¿Qué es lo que choca a la visión del observador, lo que fija su atención, lo que le arrastra y le llena de deleite ante lo que ve? Si encontramos la respuesta a esta pregunta, quizá podamos utilizarla a modo de escala para elevarnos hacia otros descubrimientos.

La mayoría de las personas sostiene que una proporción armónica de las partes entre sí y con el todo, con la adición de un colorido agradable, constituye la belleza de todas las cosas que, sin excepción, consiste en ser simétricas y armónicamente proporcionadas.

Pero de aquí se deducirá necesariamente que nada simple, sino solo lo compuesto, pueda ser bello. Solo el conjunto como tal sería bello, y las diversas partes no tendrían belleza propia, sino que serían bellas solo en tanto y en cuanto contribuye a la belleza del conjunto.

Pero para que el conjunto sea bello es preciso que las partes también lo sean; pues no puede surgir belleza de cosas feas, sino que todos los elementos que componen el conjunto deben tener también su belleza propia. Se deducirá, también, que los colores bellos, como la luz del sol, al ser simples y no poseer una belleza derivada de proporciones simétricas, deberían haber sido excluidos del dominio, de lo bello. Si esta proposición fuese verdad, ¿cómo podría ser bello el oro, o el relámpago en medio de la noche, o el espectáculo de las estrellas en el cielo? Lo mismo ocurre con los sonidos: los que son simples no podrían tener belleza. Sin embargo, en composiciones que son hermosas en su totalidad, cada nota simple tiene su belleza propia.

Pero si dirigimos la atención a las ocupaciones y discursos bellos, y se mantiene que la belleza de estos radica en su proporción, ¿en qué consiste esa proporción en las ocupaciones, las leyes, las enseñanzas o las ciencias? Pues, ¿de qué modo pueden las especulaciones ser proporcionadas entre sí? Y si se respondiese “porque armonizan entre sí”, ¿qué ocurre con el acuerdo y la armonía entre cosas que son malas? Si se mantuviera que la moderación es locura y la justicia, una generosa debilidad de carácter, estas dos proporciones armonizarían y serían coherentes y mutuamente concordantes cada una con la otra. Además, cada virtud es una belleza del alma, y una belleza más verdadera que las que hemos considerado”.

Enéada I.

“El poder innato del alma especialmente atraída por la belleza la reconoce, pues nada es más capaz de juzgar sobre sus propios intereses, especialmente cuando las otras facultades del alma concurren a su juicio. Y tal vez, esta facultad se pronuncie comparando el objeto con la forma que el alma contiene en sí misma, utilizándola como base para el juicio, de modo análogo a como se utiliza una regla para comparar líneas rectas.

Pero ¿cómo es que lo que es del cuerpo se muestra acorde con lo que está más allá del cuerpo? ¿Cómo compara el arquitecto la casa externa con la forma de la casa dentro de ella y dictamina que es bella? Quizá porque el edificio exterior, prescindiendo de sus piedras, no es otra cosa que la forma interior dividida externamente por el volumen de la materia y, aunque la forma sea indivisible en sí misma, aparece dividida cuando se refleja en la multiplicidad.

Por consiguiente, siempre que la percepción sensible contempla la forma atando y sometiendo la naturaleza contraria de lo informal, y ve una forma que se distingue de las otras por su gracia, la recoge de su dispersa condición en lo material, la abstrae, la compara con la forma indivisible que el alma tiene dentro de sí, y la presenta en su forma interior como armónica, concordante y amistosa con ella.

Así también, las pruebas de virtud que se manifiestan en un joven son objeto de deleite para un hombre virtuoso porque armonizan con la verdadera virtud que hay en su interior. Pero la belleza del color es simple respecto de su forma y vence a la oscuridad de la materia por la presencia de la luz, que es incorpórea, y de la naturaleza de la razón y la forma. Por esta causa, el fuego es más bello que otros cuerpos, pues se relaciona en tanto que forma con los otros elementos, su posición es la más elevada, y es más sutil que los otros cuerpos por estar más próximo a lo incorpóreo. Solo él es impenetrable por los otros elementos, pero en sí mismo los penetra a todos. Pues les trasmite calor, pero no recibe frío de ellos. Es, además, la primera naturaleza que posee color, mientas que las otras naturalezas reciben de él la forma de su color. Brilla y resplandece como si fuera en sí mismo forma. Pero cuando no domina un cuerpo, la luz en este deviene tenue y ese cuerpo ya no es hermoso, pues no participa en la forma completa del color. En cuanto a los sonidos, las armonías interiores inaudibles producen aquellas que son audibles, y son causa de que el alma reciba una percepción de belleza, ejemplificando el mismo principio en otro medio. Pues es propiedad de las armonías audibles ser medidas por proporciones numéricas, aunque no por cualquiera, sino solo por aquellas que sirven a los propósitos de la composición musical y contribuyen a la victoria de la forma.

Hasta aquí, entonces, por lo que respecta a las bellezas sensibles, que procediendo en la materia como imágenes y sombras, la adornan y nos causan maravilla y deleite por su aspecto”.