Tratados de Libre Comercio (TLCs) en América Latina: El “palo en la rueda” para la integración regional

En la actualidad, la integración regional se encuentra de cara a un nuevo escenario: los Tratados de Libre Comercio (TLCs). Los cuales han sido la tendencia a establecerse, sobretodo tras el intento trunco del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Tanto los Estados Unidos como la Unión Europea y los países asiáticos han buscado acercarse a América Latina por medio de éstos acuerdos.

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I. Introducción

Se señala que mientras los procesos de integración buscan la complementariedad productiva entre los países al reducir las competencias internas, los TLCs mantienen las asimetrías comerciales y productivas. Esta situación no sólo sucede con los acuerdos de libre comercio entre países en vías de desarrollo y países industrializados sino que también ocurre en acuerdos de este tipo entre países en vías de desarrollo.

Este tipo de acuerdos ha surgido como práctica en la región desde comienzos de los años noventa, la novedad en la actualidad reside en la proliferación de los mismos y su masiva aceptación en la región, sobretodo tras el fracaso de establecer el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), iniciativa que lideraba Estado Unidos. La búsqueda de negociación bilateral o por bloque tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea y países asiáticos, viene siendo la lógica a practicar desde hace unos años.

Como hito se marca el momento en que Estados Unidos, Canadá y México firmaron el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (NAFTA – siglas en inglés), que entró en vigencia en 1994. El NAFTA estaba ideado como punto de partida del ALCA, propuesta de integración comercial promovida por los Estados Unidos, que se encuentra estancada desde que en Miami, en el año 2003, Brasil, Argentina y Venezuela se opusieron a la misma.

El 6 de noviembre del año 2005, el ALCA, en el marco de la IV Cumbre de las Américas dejó de ser una opción viable de lógica de vinculación entre los países de la región. El encuentro celebrado en la ciudad de Mar del Plata (Argentina) terminó sin consenso sobre el mismo, sobretodo por la clara oposición de los países miembros del MERCOSUR, incluida Venezuela, que en ese momento aspiraba a ser miembro del bloque. Desde ese momento la estrategia de Estados Unidos ha sido el acercamiento a la región por medio del establecimiento de este tipo de tratados.

II. TLCs versus integración regional

Mientras que el proceso de integración regional busca liberalizar el comercio entre los países de una región con la finalidad de mejorar la inserción internacional en la economía mundial (CEPAL, 2008a), los TLCs actúan en sentido inverso, estableciendo acuerdos comerciales preferentes entre un subconjunto de países (Meller, 2009).

Un TLC es un acuerdo comercial que puede tener alcance regional o bilateral. Su esencia radica en la eliminación progresiva de aranceles sobre los bienes y el establecimiento de acuerdos sobre los servicios. Entre sus objetivos principales no contemplan la idea de integración como proceso político-económico que englobe una lógica de políticas tendientes a establecer un actuar común que incluya una política regional entre sus miembros. En ese sentido, se señala que desde la misma definición de cada uno de los términos se vislumbre la incompatibilidad de ellos sin necesariamente significar que uno implique la negación del otro.

La tendencia del TLC apunta a la liberación de barreras arancelarias y no arancelarias a las exportaciones e importaciones que obstaculizan el comercio entre los miembros para así ampliar los mercados. En línea con ello, el establecimiento de los TLC procura liberar la política comercial, facilitar el intercambio de mercancías y la reestructuración de las reglas y procedimientos.

Todo ello se da en el marco de una competencia en términos justos y asegurando la debida protección de la propiedad intelectual. Se apunta a fomentar la cooperación entre los miembros de cara a incrementar los niveles de inversión y estimular la producción nacional. Quienes defienden el establecimiento de TLCs plantean que si bien estos implican preferencias de tarifas para países miembros, también generan un movimiento hacia el libre cambio entre sus miembros.

Dado que para las economías pequeñas los TLCs implican la pérdida de grados de libertad, es menester analizar que tipo de acuerdos les conviene realizar a dichos países, en especial en el caso del establecimiento de acuerdos entre países desarrollados y otros en vías de desarrollo. Es posible que un país prefiera tener acuerdos con países semejantes, lo que posibilitaría el establecimiento de esquemas de regulación y políticas de armonización. Por otra parte, se facilita la extensión de las fronteras hacia los países vecinos y la proximidad geográfica genera ventajas en cuanto a los menores costos de transporte y comunicación.

Considerando la geografía y la proximidad como características importantes de los TLCs, la creación del comercio debe dominar a los efectos de la división del mismo. En ese sentido, debe distinguirse el análisis de los países desarrollados y en desarrollo. Dichas consideraciones son válidas cuando el comercio intra-sectorial es más importante que el comercio inter-sectorial, predominando el primero en el comercio entre países desarrollados, y el segundo entre países en desarrollo.

Sin embargo, los TLCs presentan desafíos de competitividad sistémica que son los incrementos de productividad, la creación de clusters y cadenas de valor e innovación tecnológica. Pero hay complementos necesarios a tener en cuenta como contar con una estabilidad macroeconómica, con infraestructura adecuada, con estabilidad institucional, con modernización del Estado y con una cohesión social (Rosales, 2009).

III. El caso de América Latina

Luego de haber presentado el enfoque tradicional de la creación y división del comercio frente a los procesos de integración y los TLCs, y las contradicciones existentes entre ambos, se analizará el caso específico de América Latina.

El regionalismo real es más complejo que lo que plantea enfoque teórico tradicional, y la existencia de TLCs y bloques comerciales genera diferentes tipos de interacciones y estrategias entre países, tanto estáticas como dinámicas.

La opción de unirse a un TLC debe ser analizada desde el punto de vista de las ganancias y de las pérdidas. El TLC entre MERCOSUR y Chile le genera a este el acceso preferente a un amplio mercado en el corto plazo, y el no haber adherido al mismo le hubiese generado grandes costos de exclusión de un mercado regional tan importante, tanto en el corto como en el largo plazo (Meller, 2009). Por lo tanto, para un país que se encuentra fuera de un bloque comercial es ventajoso entrar al mismo, especialmente si el bloque mantiene altas barreras arancelarias. Sin embargo, la formación de bloques o la firma de TLCs en numerosas ocasiones tienen un objetivo mucho más político que económico. En esta línea, se ha sugerido que durante los años sesenta y setenta, los esfuerzos latinoamericanos de integración han fallado a causa de su foco exclusivamente económico, con exclusión de objetivos políticos.

Cuantificando el desempeño de America Latina y el Caribe a partir de 1990, década en la que se verificó el “boom” de los TLCs en la región, el crecimiento anual de comercio por bloques ha sido, en promedio, del 10,8% anual, representando una fuerte expansión del comercio (si se excluye México, el crecimiento disminuye al 7,8% anual). El CARIFORUM y el MERCOSUR son los bloques en los que se verificaron las mayores tasas de crecimiento del comercio anuales, del 12% y 9,2% respectivamente, en tanto que el NAFTA, la Comunidad Andina y el CARICOM exhiben tasas de crecimiento menores, en torno al 6% y 7% anual. Sin embargo, a pesar de las altas tasas de crecimiento que verificó el comercio, el coeficiente de apertura (comercio como % del PBI) de la región es relativamente bajo comparado con otras regiones del mundo. Hacia 1999, América Latina exhibía un coeficiente de apertura del 30%, mientras que Asia Oriental, Europa del Este y los países de la OECD presentaban coeficientes del 74%, 70% y 40%, respectivamente.

Asimismo, según datos de la CEPAL, las exportaciones de América Latina crecieron dos veces y media entre 1990 y 2004 (de US$ 130 millones a US$ 461 millones), mientras que entre 1990 y 2003, la proporción del comercio intra-regional pasó del 13% al 14,6%.

México – que, al igual que Chile, es uno de los países latinoamericanos que más han respaldado la creación del ALCA – es el mayor exportador de América Latina, con una participación del 44% en el año 2005. Al mismo tiempo, es el país cuyo comercio está más concentrado: el 89% de sus exportaciones tiene como destino los Estados Unidos.

Este mayor comercio extrarregional se debe a la debilidad de los proyectos de integración como la Comunidad Andina, en la que resalta una tendencia creciente de sus países miembros a exportar a los Estados Unidos. La lógica que se impone es que se priorizan las exportaciones hacia ese nuevo gran socio, bloqueando el crecimiento intra-regional y debilita la posibilidad de coordinar estrategias productivas.

Mientras los procesos de integración económica buscan la complementariedad productiva entre los países al reducir las competencias internas, los TLCs mantienen las asimetrías comerciales y productivas, tal como se desarrolló previamente. Y esto no sólo sucede en los casos de acuerdos de libre comercio entre países en vías de desarrollo y países industrializados; también ocurre en acuerdos de este tipo entre países en vías de desarrollo, y por lo tanto, refleja la situación a la que se enfrentan los países latinoamericanos.

Analizando el caso del MERCOSUR, el mismo se ha extendido realizando TLCs con Bolivia, Chile y Perú, además de acuerdos de complementación económica con Colombia y Ecuador, lo que representa un vínculo más débil (sólo de carácter económico) que al del vínculo político fuerte que esta en la esencia de su proyecto originario.

IV. Consideraciones finales

Muchas veces las situaciones no tienen un color definido, algunas veces pueden ser negro, otras blanco y algunas (y porque no muchas veces) son grises, siendo ese el color que atraviesa hoy día el proceso de integración de América Latina. En primer lugar, no existen dudas que en muchos casos los TLC han perjudicado los procesos de integración.

Analizando la situación de la Comunidad Andina de Naciones  (CAN) como indicador de bloque regional, se verifica que la misma viene sufriendo los avatares de los TLC contra los esfuerzos de integración. La situación de la CAN comenzó su etapa más crítica tras las negociaciones de TLCs entre Colombia y Perú con Estados Unidos y perdió un miembro: Venezuela. Por su parte éste apunta a la consolidación de la Alianza Bolivariana para nuestros pueblos, más conocida como el ALBA, por su especial reacción al fallido ALCA. Tal como se analizó, la firma de TLCs fue una forma de retomar a nivel bilateral lo que proponía el ALCA con Estados Unidos a la cabeza, en ese sentido, no es raro que Venezuela decidiera retirarse de la CAN tras las negociaciones con Colombia y Perú.

Sin embargo, la presencia de Estados Unidos no ha sido el único revés que sufrió la CAN en estos últimos tiempos. En ese sentido, se señala el rol de la Unión Europea y la trunca negociación de un TLC entre los boques. Tras ello, se apuntó a negociaciones bilaterales y así se logró conquistar el mercado peruano y colombiano, demostrando una vez más la debilidad de la integración andina.

Por último, se espera que en el mediano plazo los países de la región con una ideología más liberal y aperturista continúen realizando acuerdos de libre comercio, mientras que los países de orientación más socialista redoblen los esfuerzos de integración hacia el interior de la región.