EXPLOTACIÓN, A SECAS

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La experiencia individual le imprime un sentido único a la lectura que cada uno realice de un texto determinado. Por ejemplo, ¿cuál fue la primera imagen que la palabra “explotación” disparó en su mente, estimado lector? En una de las acepciones del verbo “explotar”, el Diccionario de la Real Academia Española nos remite a las siguientes tres definiciones:

Extraer de las minas la riqueza que contienen.

Sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.

Utilizar en provecho propio, por lo general de un modo abusivo, las cualidades o sentimientos de una persona, de un suceso o de una circunstancia cualquiera.

Encontramos la aplicación del concepto en distintos ámbitos: explotación minera, explotación agrícola, explotación ganadera, explotación pesquera, explotación forestal, explotación social, explotación sexual, explotación laboral, etcétera. (Repetimos intencionalmente la palabra en cada frase). Es un hecho que gran parte de la economía del mundo se fue construyendo alrededor de la explotación de los recursos, tanto de recursos naturales como de recursos humanos. A pesar de la preocupación manifestada por varias personas públicas, llegamos al siglo XXI arrastrando un tremendo historial de explotación laboral y de saqueo de los bienes naturales comunes. Dedicaremos una breve reflexión al segundo de estos males.

La utilización de las riquezas del planeta no siempre resulta destructiva en tanto se trate de un recurso renovable y se invierta el dinero necesario para sostenerlo. Sin embargo, pocos ignoran la criticidad actual de la conservación de los recursos naturales y de la búsqueda de fuentes renovables. Muchas organizaciones se encuentran trabajando desde hace años a favor del desarrollo sostenible en diferentes frentes de la actividad productiva y económica internacional. Sin embargo, cabe preguntarnos en qué medida tales esfuerzos influyen en nuestra conciencia y afectan nuestra vida diaria. Debemos reconocer que cualquier acción conservacionista viene como resultado de lo que ocurre previamente en la mentalidad de las personas: la preservación de los recursos comienza por una actitud mental que se adquiere y se cultiva; es decir, será la reflexión individual la que nos convierta en colaboradores útiles del cuidado del medio ambiente. No debería ser muy difícil lograrlo, aunque parece resultar más sencillo en el caso de los niños y los jóvenes.

En efecto, las nuevas generaciones vienen demostrando (a veces, a través de acciones aparentemente simples y pequeñas) un mayor estado de alerta que sus predecesores con respecto al entorno y su cuidado. Cuando asuntos importantes como estos reciben difusión, no debe sorprendernos observar los resultados de su influencia favorable. Muchos jóvenes reciben incentivo y buena información en sus hogares y en su ámbito escolar, lo que contribuye en gran medida a que el cuidado del ambiente llegue a ser parte natural de su patrón de conducta.

Hace poco tiempo tuve una oportunidad casual de observar esta forma de educación en pleno ejercicio. Caminaba cerca de mi barrio cuando vi a la distancia que unos cuantos jóvenes se encontraban ocupados moviéndose de un lado al otro en una de las veredas. Se agachaban, se levantan, movían cosas que yo no llegaba a distinguir. Intrigado, crucé la calle para pasar cerca de ellos y, antes de aproximarme demasiado, me di cuenta de que ordenaban materiales. Pasé justo por el medio y pude ver en detalle: cartones, latas, tapitas plásticas y muchos otros elementos descartables iban recibiendo ubicación en diferentes cajones y bolsas. Los rostros de esos chicos y chicas reflejaban el interés y el compromiso que evidentemente sentían por su tarea; hablaban, coordinaban, actuaban como grupo. Todo el cuadro cobró aún más sentido cuando noté la fachada de la casa frente a la cual operaban: la propiedad incluía un pequeño vivero con venta de plantas y ostentaba varios carteles con mensajes ecologistas. Quienes vivían allí difundían estos conceptos, y aquellos jóvenes respondían al llamado.

Lo poco que cada uno puede hacer se convierte en mucho cuando todos lo hacen. Además de este aporte individual, en el ámbito de las instituciones se pueden implementar regulaciones adecuadas; de hecho, ya hay algunas en vigencia. Como dice el artículo editorial de este número (adaptándolo aquí a nuestro tema), debería ser posible “regular por alguna norma ética que ponga los intereses de las personas y de los pueblos por encima del lucro y del dinero”. Cuidar el planeta y administrar mejor su economía implica prestar atención a los patrones de consumo, al reciclaje, a las técnicas de producción, a la disposición de residuos y a muchos otros aspectos, pero para ello es imprescindible crear conciencia y promover las acciones adecuadas. No olvidemos que otra acepción del verbo “explotar” presupone algo así como: “volar en mil pedazos”.

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Escritor, expositor, docente en el Instituto Eduardo Mallea.