EDUCACIÓN VS. IGNORANCIA

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Desde tiempos remotos, aquellos que detentaron el poder han visto la conveniencia de mantener a los gobernados en un estado de ignorancia y de división. Siempre supieron que, por un lado, nadie reclama aquello que no conoce o que no sabe qué le corresponde; por el otro, han visto cómo la falta de unidad en la población les garantiza disfrutar del poder por más tiempo.

En este sentido, parecería que el curso de la historia, lentamente, le fue restando posibilidades al dominio abusivo que se vale de la ignorancia y de la división. La modernidad le ha brindado al individuo un mayor acceso a la información y amplias posibilidades de intercambio con otros, factores que ayudan a combatir los efectos catastróficos de la desinformación y de la desunión. Sin embargo, la modernidad es ciega y, entre sus bendiciones y maldiciones, también le ha concedido ventajas al poder mal ejercido. Aun así, muchos comparten la opinión de que las sociedades vienen madurando y avanzando despacio hacia un estado de mayor equilibrio y bienestar general para sus ciudadanos. De ser cierto, el problema entonces se trasladaría a una suerte de carrera entre las regiones del planeta, una competencia caracterizada por la desigualdad en las posibilidades de crecimiento. ¿Madurará también el sentido solidario internacional, factor clave para compensar las diferencias?

Dado que la calidad de vida de una sociedad está indudablemente relacionada con su grado de educación, los gobiernos deberían interesarse en la vigencia y actualización de sus programas escolares. En muchas naciones, los últimos dos siglos fueron un tiempo propicio para que la escuela se estableciera como institución formadora y se difundieran programas de educación para niños y jóvenes. Aunque el acceso a estos parecía ser, en una época, un privilegio de las clases altas, con el tiempo cada vez más gente de recursos modestos pudo obtener un grado de educación suficiente para insertarse mejor en los ámbitos laborales y sociales. Sin embargo, en la actualidad la escuela –como institución– se enfrenta a una crisis de grandes proporciones.

Por un lado, las clases en mayor desventaja económica se preguntan si están en condiciones de mandar a sus hijos al colegio en lugar de hacer que colaboren generando un ingreso para el presupuesto familiar. No es muy diferente a lo que ocurría con aquellas familias europeas en el tiempo de las guerras mundiales, cuando las madres que se defendían solas con sus hijos preferían hacerlos trabajar en las tareas domésticas antes que enviarlos caminando hasta la escuela más cercana, caminata que, en las poblaciones más alejadas, representaba kilómetros entre la ida y la vuelta. Sin embargo, hoy la inserción laboral y social les resulta mucho más difícil a los jóvenes sin instrucción de lo que era a mediados del siglo XX para quienes tenían escasa escolaridad.

Por otro lado, aunque los niños y adolescentes de familias con mejor nivel económico no acostumbran presentar problemas de asistencia escolar, no obstante suelen cuestionar la validez y utilidad de la educación recibida en las escuelas. Ya es evidente que los programas oficiales se vuelven obsoletos con más rapidez que antes, y que los jóvenes buscan informarse por su cuenta a través de internet y de las redes sociales; ellos perciben que la escuela se demora demasiado en incorporar las novedades y los recursos de la era actual. Además, muchos docentes demuestran tener menor motivación que sus predecesores, en parte porque se sienten mal retribuidos en la desafiante tarea de educar a adolescentes cada vez más indisciplinados. A todo esto se suma la actitud retrógrada de aquellos gobiernos que no dedican suficiente presupuesto para la educación. La escuela, como institución integradora, se encuentra en crisis y necesita una seria revisión de su aporte a la cultura de la sociedad.

Cierto es que cultura y educación no son sinónimos. La educación forma parte de la cultura, pero ésta abarca más aspectos: la música, el idioma, las costumbres, el legado histórico y otras características regionales; no sorprende que haya individuos que demuestren tener profundos valores culturales a pesar de su escasa escolaridad. En esta época de globalización resulta indispensable y beneficioso sostener dicha riqueza, ya que lo regional necesita seguir prosperando en el marco de lo universal para no encaminarnos hacia la idiotez de una sociedad uniformada. La educación bien impartida siempre ayudará a potenciar tales valores culturales y a mejorar la calidad de vida de los miembros de cualquier grupo social. Vale la pena, entonces, dedicarle toda la atención que merece.